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María Rosa Tuta es analfabeta. Tiene cuatro hijos. Es una de las tantas personas que atraviesan una situación compleja en el barrio Cacique Pelayo. Su hija Rosalía, de tres años, sufre de hidrocefalia. Necesita controles y tratamientos médicos de urgencia, que no se le brinda adecuadamente.

Fuimos a visitar a esta familia,  a conocer  su realidad de extrema pobreza. Para alimentar a sus hijos recibe un ingreso que no alcanza los mil pesos. Este dinero lo consigue   a través de la asignación universal por hijo porque uno sólo de ellos, de 9 años, va a la escuela. Rosalía, de 3 años, fue visitada por asistentes sociales y personal de tres organismos del Estado, mientras RedChaco se encontraba en el lugar.

Aquí podemos empezar a ver como se dan las realidades.  Rosalía ha perdido en estos días un par turnos de estudios para ser evaluada. Los funcionarios dicen que aparentemente esto se produjo porque  su madre, María Rosa, no la trasladó. Sin embargo,la mamá señaló que se puso de acuerdo con  el Centro de Salud que las pasarían a buscar con una ambulancia que nunca apareció. El testimonio pareció creíble, como también  la victimización de una beba, como Rosalía, a la que se socava sus derechos. De las responsabilidades del Estado, ni hablar.

En la cuneta de la vereda de la casa de Rosalía  encontramos varias latas de pegamentos que consumen  los jóvenes del barrio. Los pibes están muy flacos y deteriorados.Muy cerca de allí vive Nilda, de 50 años, que en dialogo con Red Chaco contó su triste lucha de todos los días. Es madre de 9 hijos. El mayor tiene problemas de adicción al pegamento. Además, vive con una hija de 19 años que es discapacitada y que también necesita asistencia. Es una de las pocas personas que trata  de combatir las adicciones que padecen los pibes que viven en el barrio indígena, aunque también algunos criollos se radicaron en el lugar

Nilda debió atravesar episodios de violencia con su hijo de 27 años, que la golpeaba justamente por las adicciones. Ella busca ayuda todos los días porque no sólo debe pelear por su hijo adicto.

Nilda, con lágrimas en los ojos, manifestó que “estamos perdidos”. Esta situación se agrava ya que el muchacho  intentó, en reiteradas oportunidades, quitarse la vida con una soga al cuello. En otros momentos la mamá  se vio obligada a denunciarlo, cuando su descontrol era extremo  y se ponía violento.

Cerca de la casa de Nilda vive Delio, junto a su familia. Es no vidente. Hace un par

de meses que está tramitando un cochecito para trasladar de su casa hasta el jardín a su hijo de 3 años, que sufre de hemiplejia.

Estas son algunas voces que reclaman por necesidades muy básicas que permanecen insatisfechas por años, ante un Estado sordo y ciego a la realidad que se vive en el Cacique Pelayo, un barrio que se encuentra a uno pocos 4 kilómetros del centro de la ciudad de Resistencia, en donde encontramos hambre, mal nutrición, adicciones, violencia, delitos y –por sobre todas las cosas- falta de proyectos de vida, ausencia de futuro y fragmentación casi completa de la unidad familiar. Van camino a la desintegración étnica y social. Son población sobrante porque no se autofinancian. Para la mirada de algunos funcionarios, son un peso que les molesta.-